As Bravas Malbec Gualtallary 2019 volvió a obtener 100 puntos de Robert Parker Wine Advocate, después de que su cosecha 2018 alcanzara el mismo puntaje. Pero para Alejandro Vigil, el verdadero valor del reconocimiento está en el potencial de los grandes terroirs. En diálogo con JuAn Delicias Magazine, el enólogo reflexiona sobre el futuro del vino argentino, la identidad de cada viñedo y el desafío de dejar de hacer vino pensando en los rankings.
Hay números que funcionan como una noticia y otros que, además, abren una conversación. Que un vino argentino alcance los 100 puntos de Robert Parker Wine Advocate pertenece a la primera categoría. Que el mismo vino lo consiga con dos cosechas consecutivas obliga, en cambio, a mirar un poco más allá de la cifra.
Y es que As Bravas Malbec Gualtallary 2019, elaborado por El Enemigo, volvió a alcanzar el puntaje perfecto de la crítica internacional, después de que la cosecha 2018 obtuviera también los 100 puntos. El vino nace en Gualtallary, uno de los territorios de mayor altura y reconocimiento del Valle de Uco, y vuelve a poner en escena una pregunta que atraviesa buena parte del trabajo de Alejandro Vigil: hasta dónde puede llegar un vino cuando el lugar de origen ocupa el centro de la búsqueda.
Para Vigil, el número no es el objetivo. “Nosotros trabajamos pensando en el vino, no en el puntaje”, afirma en diálogo con JuAn Delicias Magazine. Y es justamente ahí donde el reconocimiento adquiere otro significado: no como una meta alcanzada, sino como la confirmación de un camino.
La conversación excede a As Bravas y sus 100 puntos. Habla de cómo cambió la manera de interpretar un viñedo, de por qué durante años se elaboró Malbec “como si fuera Cabernet Sauvignon”, de la importancia de respetar las diferencias entre cada región y de una idea que Vigil considera central: el terroir no se construye de un día para otro, sino a partir de generaciones vinculadas con un mismo lugar. Y reafirma: “Cuando el vino deja de responder al lugar, pierde su verdad”. De estas y otras reflexiones, habló con JuAn Delicias Magazine.
– As Bravas Malbec Gualtallary 2019 acaba de lograr el puntaje perfecto de Robert Parker Wine Advocate, después de haber tocado los 100 puntos con la cosecha 2018. ¿Qué crees que está diciendo Gualtallary, a través de estos vinos, sobre el potencial de los grandes terroirs argentinos?
-Nosotros trabajamos pensando en el vino, no en el puntaje; pero de vez en cuando esos números llegan y terminan confirmando que el camino elegido es el correcto. Con Adrianna Catena sentimos una alegría enorme al ver que el viñedo Adrianna vuelve a ese punto donde el vino deja de medirse y empieza a sentirse. Que Gualtallary tenga hoy dos vinos hablando tan fuerte desde el mismo origen es algo especial: As Bravas lleva el Malbec a su límite —austeridad, filo, piedra— y Gran Enemigo persigue esa misma búsqueda pero desde el Cabernet Franc. Son vinos de montaña, vinos de lugar. Dos variedades, un mismo sitio, y siempre la misma pregunta de fondo: hasta dónde puede hablar un lugar cuando uno lo deja expresarse.
Lo que más me importa de estos reconocimientos no es el número en sí, sino lo que confirman: que Argentina puede estar en el top del mundo sin pedir permiso, y que desde ahí hay que seguir, con más coraje, más verdad y menos concesiones. Gualtallary es una zona nueva —no llevamos treinta años trabajando ahí— y ya está mostrando un nivel que a otras regiones les tomó siglos alcanzar. Eso habla de un potencial que apenas empezamos a entender.
-Hay una búsqueda muy presente en tu trabajo por expresar el lugar de origen: suelos, altura, clima, historia. Después de tantos años haciendo vinos en distintos territorios, ¿cómo fue cambiando tu manera de entender qué necesita cada viñedo para expresar su identidad?
-Durante mucho tiempo elaborábamos el Malbec como si fuera Cabernet Sauvignon, con la misma fórmula para todo. Con los años entendimos que cada variedad tiene su propia forma de expresarse y que el Malbec, en particular, cambia por completo según el ambiente: suelo, temperatura, clima. Ahí entendimos que había que vinificar de manera distinta según la zona. Reconocer que nuestras reglas iniciales no eran las correctas fue justamente lo que nos permitió adaptarnos mejor a cada lugar.
Para mí el terroir es la experiencia centenaria de cultivar y elaborar un vino en un sitio determinado; para que exista de verdad tienen que haber pasado al menos dos generaciones trabajando ese mismo terreno. En ese punto, mi rol como persona deja de ser lo central: lo que importa es el lugar y su relación con lo que se cultiva. En Mendoza cultivamos apenas el dos por ciento de la superficie disponible, así que queda un noventa y ocho por ciento que todavía no conocemos del todo. Ese entendimiento del suelo es una búsqueda que me va a llevar toda la vida y que seguramente no voy a terminar yo, sino quien continúe después.
Lo más valioso que tiene nuestra vitivinicultura es esa diversidad de suelos, climas y alturas, que nos permite hacer todo tipo de vinos. Lo importante es no perder la identidad de cada zona: de las regiones más cálidas van a seguir saliendo vinos concentrados, como los que nos pusieron en el mapa hace décadas, y en zonas de altura como Gualtallary o Chacayes —donde no llevamos ni treinta años trabajando— estamos sumando estilos nuevos sin igualar unas regiones con otras, sino dándole a cada una su propia identidad.
-El vino argentino está atravesando un momento de enorme reconocimiento internacional, pero también de desafíos para la industria y para el consumo local. ¿Cuál creés que debería ser hoy la próxima conversación que Argentina tiene que dar en el mundo del vino?
-Creo que el gran desafío del vino argentino hoy no es técnico, es conceptual. El consumo de vino viene cayendo en el mundo entero y hay un cambio cultural de fondo: hoy se bebe distinto. El vino ya no está solo en la mesa de todos los días, sino que pasó a formar parte de un momento social, de encuentro. Me parece que hay que entender bien qué hay de fundamental en ese momento para poder rescatarlo, pero ofreciendo otro tipo de vino.
Ahí está la clave, para mí: respetar el sitio donde crece la uva, porque eso lo cambia todo. Si uno no está atento, los puntajes se pueden inflar de manera peligrosa, y el riesgo es empezar a hacer vino pensando en el número y no en el lugar. Cuando el vino deja de responder al lugar, pierde su verdad. Las puntuaciones son útiles, pero son una foto, nunca la película completa; al final, el que evalúa de verdad es el consumidor, y lo que importa es que te compre la segunda botella.
Por eso creo que la conversación que Argentina tiene que dar no pasa solo por los rankings o las exportaciones, sino por sostener la calidad alcanzada, acompañar los nuevos hábitos de consumo —vinos más moderados, de menor graduación alcohólica— y, sobre todo, saber contar mejor quiénes somos. Hay que hacer buen vino y saber contarlo: tenemos una historia vitivinícola de más de cuatrocientos años, aunque todavía se nos mire como si fuéramos «Nuevo Mundo». Ese es el relato que falta terminar de instalar en el mundo.



