Con una historia que se remonta a los años ‘50, la cerámica de Colette Boccara sigue vigente gracias a Colbo, la marca que recuperó su legado y lo llevó a las mesas de los restaurantes más prestigiosos. Martín Endrizzi, actualmente al frente del proyecto junto con Matías Jannello -hijo de la artista francesa-, nos cuenta cómo lograron mantener la esencia artesanal mientras modernizan los procesos y expanden su presencia en la alta cocina.
En la década del ‘50, la artista y diseñadora Colette Boccara creó una vajilla única que transformó la cerámica en una expresión artística. Su característico gres rojo y sus formas innovadoras conquistaron el mundo del diseño pero, con el tiempo, su obra quedó en pausa. Décadas después, Martín Endrizzi tomó el desafío de revivir ese espíritu y darle una nueva vida a la marca bajo el nombre de Colbo. Hoy, sus piezas son elegidas por chefs de renombre y forman parte de la identidad de restaurantes icónicos. En esta entrevista con JDM, Endrizzi revela cómo fue el proceso de recuperación, los desafíos de la producción artesanal en tiempos modernos y el impacto de Colbo en la gastronomía contemporánea.
-Colbo tiene una historia riquísima que comienza en los años ’50 con Colette Boccara. ¿Cómo fue el proceso de recuperación de la marca y qué los motivó a relanzarla?
-Respecto al relanzamiento de la marca, en principio todo partió por las piezas. Estas piezas por supuesto que las conocíamos, en la escuela de diseño son como una suerte de leyenda local, así que encontrarme con esas piezas fue grandioso. Lo que me convenció de volver a poner ese producto en el mercado era que ya había una historia escrita.
Y eso es realmente difícil. Diseñar, hacer un buen diseño es relativamente sencillo, comparado con escribir una historia. Y esta marca ya tenía la historia escrita. Había que poner los productos a la vista de nuevo y la historia se encargaba de posicionarlos.
-Colette llegó a la forma triangular de la vajilla casi por accidente. ¿Cómo interpretan hoy ese “error convertido en diseño”?
-La forma triangular, en realidad, fue una decisión consciente. Ella trataba de hacer platos redondos, los platos se le deformaban. Entonces en un momento, trabajando con sus colaboradores, aparece la solución.
Si los platos se deforman, hay que asumir la deformidad como un elemento formal de la forma triangular. Y deformó este círculo un poquito hacia el triángulo, de forma que le absorbiera estos pequeños detalles.
-El gres rojo de Mendoza es el alma de Colbo. ¿Qué particularidades tiene este material y cómo influye en la identidad de las piezas?
-La principal característica del nuestro gres rojo de Mendoza, es que tiene mucho hierro. Eso le da el color y eso le baja un poco el punto de fusión. Gracias a eso podemos hacer gres a menos de 1200 grados. Es un ahorro energético importante. Y por otro lado, a menos de 1200 grados, todavía tenemos acceso a pigmentos coloridos, que es otro beneficio.
-La producción sigue siendo artesanal, pero con tecnología aplicada. ¿Cuáles fueron los principales cambios técnicos que introdujeron para mejorar la eficiencia sin perder el espíritu original?
-Con respecto a la tecnología, la clave nuestra está en el uso de prensas hidráulicas. Las prensas hidráulicas nos hacen muy eficientes en ese punto. Son muchas piezas con muy buena calidad en poco tiempo. Eso nos da margen para después bancar todo el trabajo manual de terminación de las piezas.
-Se destaca el uso de esmaltes internos coloridos y la arcilla roja externa. ¿Cómo eligen las paletas de colores y qué inspiración hay detrás de ellas?
-Originalmente cuando elegimos los primeros colores, iba a ser una paleta de amarillo, turquesa y rojo, y la íbamos a cambiar en cada estación. El rojo no lo conseguimos nunca, de hecho hasta hoy todavía no lo conseguimos, porque ya a la temperatura que vamos el rojo empieza a ser complicado. Entonces apareció un verde inglés ahí entre los esmaltes que tenía el proveedor, que funcionó perfecto a la primera prueba, así que lo incorporamos, y la verdad
La otra realidad que fuimos descubriendo es que el cliente además necesita volver a comprar los mismos colores. Entonces la continuidad es finalmente un valor también. Después agregamos el gris, que se lo preparamos nosotros, esmalte blanco con pigmento negro, y el último que agregamos fue el olivo, que en realidad es el esmalte recuperado, es lo que sobra de todos los otros esmaltes, y ese color normalmente es un color sucio, un gris amarronado o un marrón grisáceo, pero en nuestro caso, como los colores que usamos normalmente incluyen amarillo, celeste, verde, sale ese tono de verde clarito que le pusimos olivo.
-La nueva línea «Revolución» plantea piezas redondas. ¿Qué desafíos implica esta nueva etapa y cómo conviven las formas tradicionales con este nuevo diseño?
-La línea redonda en realidad implica una cuestión más comercial. Queremos hacer una línea más económica, de piezas chicas y de mayor volumen. La idea es abarcar más clientes gastronómicos.
Convive muy bien con la línea triangular, porque sigue exhibiendo el material afuera con el esmalte adentro. Es una línea que complementa a la otra y que nos permite aumentar el volumen de producción sin aumentar la infraestructura general de la fábrica.
-La vajilla de Colbo está presente en restaurantes de bodegas importantes y en tiendas culturales como el Malba y también en el MOMA. ¿Cómo ha sido la recepción de su trabajo en estos espacios?
-Con respecto a lo que buscan los clientes, en el caso de restaurantes y de museos, de tiendas, de museos, creo que finalmente lo que buscan es identidad. Al gastronómico le viene muy bien este producto que acompaña toda esta movida de cocina gourmet, sobre todo basada en ingredientes, en muy buenos productos de estación y productos regionales. En ese sentido, a mí me gusta pensar que la vajilla es un ingrediente más.
Y en el caso de los museos es lo mismo. Lo que se busca es poder mostrar a la gente que viene incluso de afuera, algo que sea de acá. Y eso es la vajilla nuestra, es una vajilla de acá.
-Han sido reconocidos con el Sello de Buen Diseño y como embajadores de la Marca País. ¿Cómo impactaron estos reconocimientos en la visibilidad y proyección de Colbo?
-Tanto del sello de Buendiseño, la marca País o incluso el premio que nos dieron en el 2012 en la Bienal Iberoamericana de Diseño, nos han servido mucho. Hemos aprovechado mucho distintas instancias de apoyo desde lo gubernamental, crédito, subsidio, formación. Nosotros empezamos en la incubadora empresa de la Universidad Nacional de Cuyo.
Son reconocimientos que en producciones pequeñas tienen mucho impacto.
-¿Qué cantidad de piezas generan por mes? Y cuáles son sus planes para aumentar la producción sin perder la esencia artesanal?
-Ahora estamos produciendo más o menos 6.000, 6.500 piezas por mes. La idea es incorporar estas nuevas líneas de torno, de mayor volumen y mayor velocidad, y quizás llegar a las 10.000 piezas por mes. Y eso ya para el producto que hacemos es una producción grande.
-¿Cómo imaginan el futuro de Colbo en los próximos años? ¿Hay planes de expansión internacional?
-Sí, desde hace varios años que venimos como muy de a poquito, sobre todo porque era algo que no traía rentabilidad, pero creíamos que de todas formas había que avanzar en el proceso de exportación. El resultado de esto es la tienda del MOMA.
Hemos hecho también pruebas a Europa. Pero inicialmente la idea es expandirse primero a los países vecinos. Hay una cuestión de logística que es pesada para nosotros.
Es caro enviar la mercadería, es pesada y es frágil. Entonces realmente tiene que haber un negocio real atrás de la exportación. Si no, no se sostiene en el tiempo.
Entonces me parece que empezar por los países vecinos sería lo más razonable.














